Un drama con sentido del humor

Un millonario tetraplejico contrata a un ayudante negro de los suburbios que acaba de salir de la cárcel. Una historia real en la que se mezclan discapacidad, pobreza, diferencia de clases, color de piel... Todo apunta a un dramón de esos que te hacen llorar, pero si Intocable te hace llorar de alguna forma es de risa. Quizás ahí radique el éxito de esta película, en tocar estos temas desde el punto de vista del humor y no de la compasión.

Para ello es fundamental la química existente entre los dos protagonistas, que a su vez son polos opuestos. Uno está condenado a una silla de ruedas, es millonario y le gusta el arte, la música clásica y los deportes de riesgo. Cansado de la condescendencia de los que le rodean, contrata a un negro de un barrio marginal que acaba de salir de la cárcel, cuya única ambición en la vida es vivir del paro, es amante del funky y nunca es políticamente correcto. Justo lo que necesita el tretaplejico para sentirse una persona normal, alguien que le trate como uno más, que no oculte sus pensamientos y le pregunte sin miramientos acerca de su discapacidad, que no lo sobreproteja pero sí le ayude a superar sus miedos y que sobre todo le haga reír con sus bromas y su forma de ser, otorgando a un drama una pizca de sentido del humor siempre tan necesaria.



(Título: Intocable; Director: Olivier Nakache y Eric Toledano; Reparto: François Cluzet, Omar Sy, Anne Le Ny, Audrey Fleurot, Clotilde Mollet, Joséphine de Meaux, Alba Gaia Bellugi, Cyril Mendy, Christian Ameri, Marie-Laure Descoureaux y Gregoire Oestermann; Género: Comedia; Premios: un Cesar a mejor actor a Omar Sy en 2012; Valoración: 8)

Una historia de seres humanos

Un policía despierta del coma en mitad de un hospital abandonado y en ruinas. Parece un zombi y ni siquiera puede tenerse en pie. Enseguida se da cuenta de que algo va mal. Encuentra un cadáver, sangre por las paredes y una puerta de la que salen unos extraños gruñidos y unas manos. Unas cerillas son su único halo de luz en medio de la oscuridad. Consigue salir al exterior, donde es cegado por el sol y se abre paso entre una pila de cadáveres demacrados y en proceso de descomposición. Al llegar a lo alto de una colina se encuentra con los restos de un ejército que ha sido derrotado o ha huido. Sigue caminando hasta encontrar una bicicleta. A su lado yace un cuerpo sin vida y sin piernas que de repente gira la cabeza, emite un sonido y se arrastra por el suelo hacia el protagonista, que observa aterrado la escena. El mundo ya no es como lo recordaba.

Este es el punto de partida de The Walking Dead, una de las series que más impacto han tenido en los últimos años. Narra la historia de un mundo apocalíptico en el que los zombis campan por sus anchas y los pocos seres humanos que quedan con vida se esconden para sobrevivir. Pero al igual que en el cómic en el que se basa la serie, el argumento no se centra principalmente ni en el origen del virus que ha desencadenado esta catástrofe ni en la guerra entre caminantes y humanos, sino en las relaciones, las decisiones y la moralidad de sus protagonistas en unas condiciones extremas, hasta el punto de que en algunos momentos el mayor peligro no son los muertos vivientes, sino los propios compañeros de viaje. Incluso hay capítulos en los que no hay rastro de zombis o escenas de acción.

A pesar de ello, The Walking Dead crea una atmósfera bastante propicia para que el espectador quede cautivado con su intriga y su cuerpo sea sacudido por el terror. La tensión nunca desaparece, ni siquiera en los momentos de la más aparente tranquilidad. Nadie está a salvo de convertirse en alimento para zombis en cualquier momento, incluso el espectador, que a oscuras en su cuarto mira con desconfianza a su alrededor y busca un objeto con el que defenderse ante un posible ataque de muertos viviente o vivos dominados por sus miedos.

Historia de los Juegos Olímpicos: París 1900

Pierre de Coubertin quería llevar los Juegos Olímpicos a París, pero la capital francesa no se mostró muy interesada en acogerlos salvo que formaran parte de la Exposición Universal que iban a celebrar en 1900. Se aceptó esa condición y las dos primeras consecuencias fueron que no hubo ni ceremonia de apertura ni de clausura y que la cita olímpica duró más de cinco meses, del 14 de mayo al 28 de octubre.

Velódromo de Vincennes.
Pero no iban a ser los únicos inconvenientes de estos Juegos: las diferentes pruebas se confundían en ocasiones con actividades de la propia exposición, no hubo un estadio olímpico propio y la mayoría de los deportes se disputaron en el Velódromo de Vincennes y no hubo medallas, sino obsequios a los vencedores y no a todos, dejando en evidencia la falta de organización de esta cita olímpica.

Charlotte Cooper.
En París participaron por primera vez mujeres, compitiendo en golf, tenis y croquet. En total fueron 19 de los 1.225 atletas que tomaron parte en estos Juegos. Estuvieron representados 26 países, se disputaron 20 deportes, por primera vez algunos de ellos de equipo, y Francia fue primera en el medallero. La tenista británica Charlotte Cooper fue la primera mujer en proclamarse campeona olímpica, mientras que en la prueba de remo con timonel, un niño de siete años se convirtió en el ganador de una medalla de oro mas joven de la historia.

Alvin Kraenzlein.
La estrella de los Juegos fue el estadounidense Alvin Kraenzlein, que ganó los 60 metros, los 110 vallas, los 200 vallas y el salto largo. Un récord de cuatro oros en atletismo en una misma edición que todavía no ha sido supurado, aunque sí igualado por Jesse Owens en Berlín 1936 o Carl Lewis en Los Angeles 1984. En París también comenzó la leyenda del estadounidense Ray Ewry, uno de los mejores saltadores de la historia del atletismo.

Francisco Villota.
España mandó a su primera delegación en unos Juegos Olímpicos y el resultado fue la primera medalla de oro para nuestro deporte. José de Amezola y Francisco Villota se alzaron con la victoria en cesta punta, aunque para ello no tuvieron que disputar la final, ya que sus contrincantes, que eran franceses, se retiraron antes del partido. Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, fue considerado durante mucho tiempo el primer medallista español, pero en realidad sólo participó en la pruebas de la Exposición Universal.

Historia de los Juegos Olímpicos: Atenas 1896

Los primeros Juegos Olímpicos de la edad moderna se celebraron en Atenas en 1986, a pesar de que Grecia era el país más pobre de Europa por aquel entonces. Pierre de Coubertin se había empeñado en llevar los Juegos al lugar que los vio nacer en la Antigua Grecia y para ello no dudó en entregar la presidencia del COI al intelectual griego Demetrius Vikelas. También ayudó el hecho de que la familia real griega se entusiasmara con la idea -el rey Jorge I fue el encargado de inaugurarlos-, así como el millón de dracmas de oro que donó el millonario George Averoff para la construcción del Estadio Panathinaiko.

Estadio Panathinaiko.
Los Juegos Olímpicos se disputaron del 6 al 15 de abril y participaron 241 deportistas, todos hombres, de catorce países: Alemania, Australia, Austria, Bulgaria, Chile, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Reino Unido, Suecia y Suiza. Se celebraron hasta 45 pruebas de nueve deportes diferentes: atletismo, ciclismo, natación, gimnasia, tenis, lucha, halterofilia, esgrima y tiro. El primer campeón olímpico fue el estadounidense James Connolly en triple salto.

Pierre de Coubertin.
James Connolly.
 

Pero el héroe de estos Juegos Olímpicos fue un pastor griego llamado Spiridion Louis, que se alzó con la victoria en la maratón. Esta prueba no estaba incluida en los Juegos antiguos, pero se creó para homenajear a estos últimos. Otros deportistas que acapararon la gloria fueron los alemanes Carl Schuhmann -cuatro oros en gimnasia y lucha- y Hermann Weingärtner -tres oros, dos platas y un bronce en gimnasia-, así como el húngaro Alfréd Hajós, que reinó en la piscina al alzarse con la victoria en los 100 y 1.200 metros libres, una gesta mucho más épica si se tiene en cuenta que el agua se encontraba únicamente a 13 grados.

Spiridion Louis.
Carl Schuhmann.
 

Estados Unidos se impuso en el medallero final al tener un campeón olímpico más que Grecia, que fue el país que logró más plazas de pódium. Los Juegos Olímpicos eran considerados un evento sin ánimo de lucro, por lo que no hubo medallas de oro. A los campeones se les otorgaba una medalla de plata, una rama de olivo y un diploma, mientras que los segundos recibían una medalla de cobre, una rama de laurel y un diploma. Los terceros clasificados se iban con las manos vacías y ni siquiera participaban en la ceremonia de entrega de medallas. 

Hermann Weingärtner.
Alfréd Hajós.

Historia de los Juegos Olímpicos: la Antigua Grecia

Nunca he ocultado que uno de mis mayores retos como periodista es el de cubrir unos Juegos Olímpicos, posiblemente el evento que más admiro y con el que más disfruto junto al Mundial de fútbol. Una orgía deportiva que me abstrae del mundo durante más de dos semanas y que me hipnotiza frente al televisor durante más de doce horas diarias. Me parece fascinante que la gran mayoría de los mejores deportistas del planeta se reúnan en un mismo lugar para exhibir al mundo sus virtudes y que incluso convivan unos con otros en la Villa Olímpica o el hecho de que por unos días los levantadores de pesas, los tiradores o los palistas tengan el mismo protagonismo que Messi, Kobe Bryant o Nadal.

Este especial que hoy inicio a falta de 115 días para que la antorcha olímpica ilumine el cielo de Londres se dividirá en tres partes: la historia de los Juegos Olímpicos -durante las próximas nueve semanas hasta el inicio de la Eurocopa-, una especie de guía en la que analizaré cada una de las modalidades deportivas haciendo especial hincapié en las opciones de la delegación española -tras hacer un paréntesis para dar cabida en el blog a la cita futbolística que tendrá lugar en Polonia y Ucrania- y el seguimiento del día a día durante los Juegos Olímpicos.

Hoy no podríamos estar hablando de Londres 2012 si no hubiera sido por Pierre de Coubertin, el creador del movimiento olímpico moderno, que se empeñó en organizar unos Juegos que reunieran a deportistas de todo el mundo inspirándose en los que tuvieron lugar en la Antigua Grecia. Estos datan del tercer milenio antes de Cristo y se celebraban en Creta, Thera y Micenas. El salto del toro, la lucha y el pugilato eran unas de las pruebas más exitosas.

El espíritu deportivo y competitivo perduró con el paso de los años, hasta el punto de concretarse en una actividad organizada con fecha y lugar propios por primera vez en el año 776 antes de Cristo en Olimpia para honrar a Zeus. Los Juegos se disputaban cada cuatro años o una Olimpiada, que era la unidad de tiempo, y se celebraron hasta el año 393 después de Cristo. Durante su disputa se promulgaba una tregua o paz olímpica para garantizar que los deportistas, que competían totalmente desnudos, viajaran en condiciones de seguridad hasta Olimpia.

Los requisitos para participar en los Juegos eran ser griego y de condición libre, aunque tanto los extranjeros como los esclavos podían presenciarlos, no así las mujeres. Duraban siete días: el primero estaba destinado a actos protocolarios, los cinco siguientes a la competición y el último a la entrega de premios. En torno al templo de Zeus, los ganadores recibían honor, gloria, una rama de olivo y una cinta de lana en la frente. Y al igual que ocurre en la actualidad, cuando regresaban a casa eran recibidos como héroes y los poetas y oradores narraban sus hazañas. Gestas que hablan sobre el afán de superación del ser humano.

La bandera olímpica está formada por cinco anillos sobre un fondo blanco. Fue creada por Pierre de Fredy en 1913 como símbolo del Congreso Olímpico de París que iba a tener lugar en 1914. Los cinco aros representan a las cinco partes del mundo que se unieron al Olimpismo, de tal forma que los seis colores combinados (incluido el fondo blanco) representan a las banderas de todas las naciones sin excepción. Se iza en todas las ceremonias de apertura desde Amberes 1920.

This is Hollywood

Mis homenajes al Real Zaragoza y El Padrino me han obligado a posponer mi artículo sobre una de mis series favoritas en los últimos años, que precisamente terminé de ver la pasada semana tras ocho temporadas. Se trata de Entourage, una historia de un chaval de Queens que de la noche a la mañana se convierte en una gran estrella de Hollywood tras protagonizar uno de los grandes taquillazos del año. 

Este joven actor, llamado Vincent Chase, deja su Nueva York natal y se traslada a Los Angeles con sus tres amigos de la infancia: Eric, la persona con más sentido común del grupo, Tortuga, posiblemente el más sociable de todos ellos, y Drama, un actor fracasado cuyos días de gloria ya pasaron y que además es el hermano mayor de Vincent. Los cuatro viven a partir de ese momento aventuras de lo más surrealistas entre mansiones, alcohol, drogas, mujeres espectaculares y fiestas con celebridades como Jessica Alba, Mandy Moore, Scarlett Johansson, Larry David, Amanda Peet, Lamar Odom, LeBron James, Martin Scorsese, James Cameron, Aaron Sorkin, David Schwimmer, Bono, Matt Damon o Jaime-Lynn Sigler, que no dudaron en hacer sus respectivos cameos

El séquito lo completa el mejor personaje de la serie: Ari Gold. Se trata del representante de Vincet, un agente agresivo que no hace más que lanzar comentarios machistas, homófobos y racistas a sus empleados u otros compañeros de profesión. Precisamente su ayudante personal es un chino gay llamado Lloyd, al que quiere y detesta en partes iguales. Las conversaciones entre ambos son de lo más graciosas. 

Y es Ari Gold el que nos muestra todos los entresijos de la industria de cine: promesas, engaños, las relaciones con la prensa, los caprichos de las estrellas, las negociaciones, el poder de las productoras o las manías de algunos directores. Un mundo al que todos hemos soñado pertenecer en alguna ocasión frente a nuestros ojos. Una serie sobre Hollywood, una serie sobre la fama y sus consecuencias.

Una obra maestra que no podrá rechazar

Desde que el jueves pasado me enteré de que El Padrino cumplía cuarenta años, tenía claro que mi siguiente artículo sobre el séptimo arte sería un pequeño homenaje a la que para mí es la mejor película de la historia del cine. Aún recuerdo la tarde en la que descubrí esta obra maestra. Por aquel entonces estudiaba en Pamplona, donde eran habituales las tardes en las que un videoclub de los de antes, en los que el propietario tenía una gran colección y conocimientos más que suficientes para hacer recomendaciones, se convertía en el centro de todas nuestras discusiones. Pero aquel día no teníamos duda alguna, deseábamos adentrarnos en el mundo de la mafia y qué mejor que El Padrino y Uno de los Nuestros para saciar nuestro apetito. Más de seis horas frente a la televisión para soñar aquella noche con ser Michael Corleone o Henry Hill.

Lo que la mayoría de la gente no sabe es que El Padrino se pudo quedar en nada en más de una ocasión. En primer lugar, el borrador de la novela de Mario Puzo fue rechazado hasta por ocho editoriales. Y ya en el rodaje de la película, Francis Ford Coppola tuvo que mostrarse firme en sus decisiones y hacer frente a las exigencias de la productora. El pensamiento generalizado del directo y el reparto era que en cualquier momento podían ser despedidos.

Gracias a esa tenacidad de Coppola es posible relacionar el apellido Corleone con Marlon Brando, Al Pacino o Robert De Niro. Paramount llegó a decir que Brando nunca saldría en esta película, frase incluida posteriormente en la obra, pero finalmente, ante la insistencia del director, que únicamente contemplaba esa posibilidad para el papel de Don Vito, la productora aceptó que hiciera una prueba de cámara gratis depositando una fianza para evitar los retrasos del actor.

Al Pacino tampoco lo tuvo nada fácil. Al estudio no les gustó su prueba para interpretar a Michael porque les parecía un poco soso, al contrario que a Diane Keaton (Kay) o Marcia Lucas, la mujer de George Lucas, que era la encargada de editar las pruebas. “Escoge a Al Pacino porque te desnuda con la mirada”, le recomendó a un Coppola que tampoco tenía muchas dudas de que ésa era la opción adecuada. Al Pacino se hizo con el papel, pero el estudio siguió presionando hasta el punto de que el director le tuvo que pedir a James Caan (Sonny) que hiciera una prueba de cámara para Michael por si acaso. Anteriormente, Robert De Niro se presentó en el estudio para interpretar a Sonny y aunque no gustó tanto como Caan, sí que cautivó lo suficiente a Coppola como para que pensara en él para interpretar a Vito de joven en la segunda parte.

Volviendo a los problemas de Al Pacino para convencer al estudio, se resolvieron en el momento en el que rodaron la escena en la que Michael asesina a Sollozzo y al capitán de policía Mark McCluskey, uno de los momentos clave de la obra. Les convenció su forma de disparar, mostrando esa frialdad que requería el personaje.

Ésta no es la única escena que ha quedado para la historia: el discurso de Bonasera con Don Vito acariciando un gato entre sus brazos, la cabeza de caballo entre las sábanas –en el libro aparece enfrente de Woltz-, el intento de asesinato del Don, la tensión que se mastica en el hospital, el tiroteo en el peaje –basado en Bonnie and Clyde y en el que se utilizaron 147 petardos-, el montaje de la venganza de los Corleone o el instante final en el que se ve a través de la puerta que Michael es el nuevo Don son momentos que siempre permanecerán grabados en la memoria de cualquier cinéfilo.

El Padrino mostró por primera vez el mundo de la mafia desde dentro, desde la familia. Y en esa idea familiar encaja perfectamente que Coppola intentara recrear ese ambiente con reuniones, ensayos o comidas y que incluso contratara a su padre Carmine para ayudar a Nino Rota con la banda sonora –no hace falta decir que es espectacular- y a su hermana Talia Shire para interpretar el papel de Connie. Hasta su hija Sofía, que sólo contaba con unos meses de vida por aquel entonces y que posteriormente daría vida a la hija de Michael en la tercera entrega, aparece en la obra.

La película fue rodada principalmente en exteriores, a pesar de que la productora deseaba que fuera en plató. También quería que la historia se desarrollara en los años setenta y en Kansas City, pero Coppola se mantuvo fiel a la novela, que sitúa la acción en la década de los cuarenta y en Nueva York. De hecho, a pesar de la existencia de un guión, el director siempre llevaba encima su libro de notas: la obra original con indicaciones en los márgenes. Y por ese mismo motivo también insistió en el que título completo fuera El Padrino de Mario Puzo.

No quiero terminar este artículo sin destacar la gran actuación de Robert Duvall como Consigliere de la familia Corleone, así como las sombras y la oscuridad en las que se desenvuelve la película. De esta manera se logró que nunca se vieran los ojos de Don Vito con la intención de que el espectador nunca llegara a saber que estaba pensando. Infinidad de virtudes que convierten a El Padrino en una obra maestra que no podrá rechazar.



(Título: El Padrino; Director: Francis Ford Coppola; Reparto: Marlon Brando, Al Pacino, James Caan, Robert Duvall, Diane Keaton, John Cazale, Talia Shire, Richard Castellano, Sterling Hayden, Gianni Russo, Rudy Bond, John Marley, Richard Conte, Al Lettieri, Abe Vigoda, Franco Cinti y Lenny Montana; Género: Mafia; Premios: tres Oscar en 1973—mejor película, actor principal [Marlon Brando] y guión adaptado— y otras ocho nominaciones —director, actor de reparto [Al Pacino, Robert Duvall y James Caan], banda sonora, diseño de vestuario, sonido y montaje—, cinco Globos de Oro —mejor película de drama, director, actor principal, banda sonora y guión— y un BAFTA a la mejor música original; Valoración: 10)