Los poetas muertos

Hoy se inicia una nueva etapa en el Real Zaragoza. No por la deseada marcha de Agapito Iglesias –dando pasos atrás siempre se puede volver al punto de partida en cuanto se desee-, sino por el debut de Manolo Jiménez como entrenador. Un debut sin capitán, o, en su defecto, un debut sin la persona que había desempeñado esa función hasta la fecha. Ponzio ya no está y la pregunta se extiende entre el zaragocismo: ¿Quién será ahora nuestro capitán? ¿Paredes? ¿Lafita? ¿Roberto? ¿O simplemente nos encomendamos a Manolo Jiménez como líder de esta nave a la deriva?

Ya expuse en uno de los artículos anteriores que ser capitán no es únicamente lucir el brazalete y firmar el acta. Ser capitán es una responsabilidad, la responsabilidad de liderar dentro y fuera del terreno de juego a un grupo humano que tiene un objetivo común. Y no es fácil, ya que el primer requisito no es sentirse líder, sino que tus compañeros te señalen como líder. Y en el fútbol profesional se podría añadir que también es fundamental que la afición se identifique con ese líder, que para ellos también sea su capitán.

Y deteniéndome en esta reflexión, me viene a la cabeza la última escena de El Club de los Poetas Muertos, aquella en la que el profesor John Keating, expulsado del colegio por haber sido declarado culpable del suicidio de uno de los estudiantes de la escuela, al abandonar el aula donde impartía clase, observa como sus alumnos, uno a uno y a pesar de las amenazas del director del centro, se suben encima del pupitre al grito de “¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!”, emulando un poema que Walt Whitman le dedicó a Abraham Lincoln tras su asesinato.

Esta escena muestra a la perfección quién es un líder, un verdadero capitán: aquella persona a la que todo el mundo seguiría sin dudarlo a pesar de la amenaza de un duro castigo o una consecuencia fatal, ya sea en la política, en la vida cotidiana, en la guerra o en el fútbol. Por tanto, la pregunta es sencilla: ¿A qué miembro de la plantilla actual del Zaragoza seguirían sus compañeros y la afición incondicionalmente? Roberto y, si los resultados le acompañan, Manolo Jiménez.

En el fútbol hay una ley absurda que dice que el capitán debe ser aquel jugador que más tiempo lleva en el equipo. Antigüedad no significa liderazgo. En muchas ocasiones, sólo hay que pensar en Puyol y Casillas, estas dos cualidades coinciden en la misma persona, pero en otras muchas no. Pongamos como ejemplo al Real Madrid: ¿Alguien ve a Marcelo como primer capitán? A mí no me perece que reúna esos valores que en su día tuvieron Gento, Butragueño, Hierro o Raúl. Sí Casillas, que seguramente, aunque el capitán se eligiera por votación, también saldría elegido. Y posiblemente antes que Ramos o Marcelo encontraríamos a Xabi Alonso.

Considero que ésa sería la forma ideal de elegir un capitán y a la hora de elegirlo habría que tener en cuenta muchas cosas, empezando por el liderazgo que pueda tener una persona, pero teniendo en cuenta otros factores como la antigüedad, el hecho de ser canterano o no, su peso en el juego del equipo, su relación con la afición, su carácter, su personalidad, sus conocimientos…

Si volvemos al Zaragoza, nos daremos cuenta de que Paredes, si es titular, portará el brazalete de capitán por antigüedad. No voy a entrar a valorar si él puede ser un buen capitán o no, sino si hay alguien en el equipo más capacitado para ello. El primero que me viene a la cabeza es Roberto. Sólo lleva un año en el club –contando los seis meses de hace dos temporadas-, pero nadie tiene más importancia que él en el equipo –único insustituible junto a Postiga- y es el mayor referente de la afición en estos momentos. A ello se une su personalidad, su carácter, su predisposición a dar siempre la cara, su forma de hablar… Todo ello cualidades de un gran capitán.

La otra alternativa es Manolo Jiménez, pero acaba de llegar. Sé que él no puede lucir el brazalete, pero sí puede ser considerado un líder. De momento, con su discurso, con sus ganas, con su ilusión y por su forma de transmitir en los entrenamientos se está ganando a jugadores y periodistas. No vende humo; dice las cosas claras. Otra cualidad de un verdadero líder. Quizás los resultados echen por tierra ese potencial, pero si le acompañan en estos primeros partidos, puede convertirse en ese clavo ardiendo que todos necesitamos. Un líder por el que no dudaríamos en subirnos a nuestros pupitres al grito de “¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!” sin importarnos las consecuencias y sintiéndonos parte de algo muy grande, llámese Real Zaragoza o Club de los Poetas Muertos.

Mi carta a los Reyes Magos

Queridos Reyes Magos:

Sé que este día tan señalado ha llegado a su fin, pero lo que yo voy a pediros no es material. Claro está que me gustaría que me regalarais un boleto premiado del Euromillón, o en su defecto uno de la Bonoloto, lo suficiente como para tener resuelta toda mi vida. Pero soy consciente de que no habré sido el único en haceros tal petición, así que me uno a las voces que os ruegan que la crisis económica de nuestros días llegue a su fin. Ni siquiera eso, me conformaría incluso con que la cosa mejorara y, si no es mucho pedir, una ligera subida de sueldo. Sé que es complicado por el nivel de los políticos de hoy en día, no sólo los de España, pero, por favor, iluminad esas bombillitas fundidas que tienen sobre sus cabezas y atad las manos de aquellos que no tienen ningún reparo en coger lo que no es suyo e intentan escaquearse de la Ley como si no tuvieran nada que llevarse a la boca.

Por supuesto, no hace falta decir que nos aviséis en el momento, si llega el caso y ojalá no sea así, que los que han asesinado en España durante décadas vuelvan a replantearse hacer lo único que saben hacer: matar. Y esa desconfianza nace de los precedentes que ya hemos vivido y del hecho de que ese proceso de paz lo llevan a cabo aquellos a los que me he referido antes y cuyas bombillas no dan ni una pizca de luz. Es un tema muy delicado, en el que nos jugamos mucho, así que una vez más, por favor, estad atentos. Lo de pedir la paz en el mundo, además de sonarme a concurso de belleza, ya me parece que escapa de vuestros poderes, aunque por intentarlo que no quede.

Como español y amante del deporte que soy, me gustaría que nuestra selección volviera a ganar la Eurocopa, que Nadal, Alonso y nuestros motoristas recuperaran el número uno, que Gasol y compañía conquistaran de nuevo Estados Unidos, que dejen en paz de una vez a Contador y gane de nuevo el Tour, que Noah se harte de escuchar una y otra vez nuestro himno, que superemos las medallas de Barcelona’92 y que todos nuestros deportistas arrasen allá donde vayan, pero sobre todo os pido una cosa: la supervivencia del Real Zaragoza, como fiel aficionado y como profesional que dependo de ello. Si ya de paso encontráis un jeque al que le salgan billetes de 500 euros por las orejas, mejor que mejor, aunque vuelvo a conformarme con la salida definitiva de Agapito Iglesias y una permanencia que cada día está más complicada.

Pero por delante de todas estas cosas os pido salud para mí, para todos mis seres queridos y para todos aquellos que dedican parte de su tiempo en leen este blog. Gracias a ellos he alcanzado las 5.000 visitas, que no son muchas pero tampoco pocas. Feliz año a todos ellos y por supuesto a sus Majestades de Oriente.

El adiós del último campeón

Ya es oficial. Ponzio ha llegado a un acuerdo para rescindir su contrato y regresa a River, a Argentina, a su casa. Lo hace para estar más cerca de su familia y tras una despedida sentida y entre lágrimas, jurando amor eterno al club en el que más años ha permanecido y pidiendo perdón por haber expresado su deseo a través de un periódico. Yo le perdono. Pueden más su entrega y su honradez en el campo que un simple error. Hubiera preferido que se quedara, pero entiendo sus motivos. He aquí su discurso de despedida completo:

“Pido disculpas por no haber expresado antes mi deseo de salir al presidente o a mis compañeros y que saliera a través de un periódico argentino. Así hubiera sido un poco menos explosivo todo, pero dije lo que sentía y lo que pensaba. Uno lo estaba pasando mal y sólo puedo pedir disculpas. Estoy dando un paso hacia delante y dejando muchos amigos. Hay gente que me puede llegar a entender, gente que no, pero realmente no me estoy bajando de un barco ni subiéndome a otro, sino que sigo un camino en el prioriza la familia. Agradezco que haya un club en Argentina que me abra las puertas para estar cerca de ellos. Siempre voy a recordar que he vivido momentos muy buenos y lindos en el Real Zaragoza, también hemos pasado por dificultades, pero todas esas cosas me hicieron sentir hombre y me hacen sentir fuerte y por ello uno se va con la cabeza bien alta. He dado mucho por este club, el club en donde más años he estado y quiero agradecer todo el cariño que me brindaron. Saben que uno deja muchas cosas aquí, que uno siente mucho esta casa, que va a ser parte de mí en toda mi carrera y le deseo todo lo mejor. Espero poder ver ganar al Zaragoza este fin de semana. Dejo parte de mi corazón aquí, pero hoy en día priorizo otras cosas, aunque lo que siento por esta camiseta, por esta ciudad y por este club no va a cambiar”.

Se va el segundo extranjero que más veces ha vestido la camiseta del Real Zaragoza tras Gustavo Poyet. Un total de 246 partidos repartidos en dos etapas. La primera entre 2004 y enero de 2007, ganando una Copa del Rey y una Supercopa, y la segunda desde enero de 2009 hasta la fecha, siendo fundamental en el ascenso –gol incluido en el partido decisivo- y en la permanencia de las dos siguientes temporadas, con goles claves como el que le marcó al Espanyol. Una triste noticia para el zaragocismo, que despide al último campeón con la elástica blanquilla que quedaba en la plantilla. Mucha suerte.

Una vuelta de calcetín

El Real Zaragoza se había instalado en una pose de incertidumbre desde su eliminación de la Copa del Rey frente al Alcorcón: ¿Aguirre se comería los turrones? ¿Dimitiría o le obligarían a salir? ¿Su marcha podría arrastrar a Juárez y Barrera? ¿Y afectar de alguna manera a Obradovic? ¿Habrá salidas? ¿Ponzio? ¿Lafita? ¿Cuántos fichajes para el mercado de invierno?

Pasaban los días y las dudas aumentaban. Aguirre estaba virtualmente destituido pero no se hacía oficial, se hablaba de Míchel, Manolo Jiménez o Milla como sustitutos y desde Argentina llegaba una entrevista a Ponzio que confirmaba los peores augurios: nuestro capitán deseaba abandonar el barco para regresar a River. Y encima a Aguirre parecía no importarle. Este Titanic, más a la deriva que nunca, se hundía sin una orquesta que hiciera más llevadero el drama.

Y así hasta la noche del jueves 29 al viernes 30, cuando más allá de la una de la madrugada el club anunció la marcha del técnico mexicano. Agapito se superó una vez más a sí mismo y consiguió que la decisión más lógica del mundo pasase a ser ilógica por la tardía de la misma. Es algo más comprensible si se tiene en cuenta que Aguirre se encontraba en un crucero y era imposible reunirse con él para ‘negociar’ su salida, pero no deja de ser una irresponsabilidad echarlo un día antes de la vuelta al trabajo tras diez días de vacaciones.

Esa noticia no dejó de ser el pistoletazo de salida a una serie de decisiones que se sucedieron a un ritmo vertiginoso como si realmente 2012 fuera a ser el año del fin del mundo. Aguirre se despidió a la mañana siguiente de la plantilla en la Ciudad Deportiva y de la afición y los medios de comunicación en una rueda de prensa que nunca fue convocada para sorpresa de todos los periodistas ahí presentes y del propio técnico mexicano. Improvisación sin noticias de ningún miembro del Real Zaragoza que supervisara esos instantes. Impropio de un club señor, una falta de respeto hacía Aguirre y hacia todos los profesionales que seguimos la actualidad del equipo. Y, por consiguiente, hacia la afición.

Empieza el entrenamiento, bajo las órdenes de Ubieto, y Ponzio no está. Surgen las primeras interpretaciones, que se entremezclan con la posibilidad de que Míchel sea el elegido para el banquillo y con el nombramiento de un nuevo Consejo de Administración, un acto para el que tampoco se convocó a los medios de comunicación hasta una hora y media antes del mismo. Dudo mucho que se decidiera celebrarlo esa misma mañana.

Se aclara que Ponzio, al igual de Da Silva, no se ejercitarán hasta la tarde con permiso del club por el largo viaje de regreso desde sus países de origen. Y al mismo tiempo Salvador Arenere se presenta como el nuevo hombre fuerte del Real Zaragoza, acompañado por Carlos Iribarren –supervisión del primer equipo, del filial, de la Ciudad Deportiva y de la cantera-, José Guillén –elaboración del presupuesto y seguimiento de su cumplimiento- y Fernando Rodrigo –administración del club, relación con los bancos y política de financiación-, junto a Paco Checa, que continúa.

Agapito Iglesias sigue al frente de la propiedad, pero según Arenere hay un documento firmado en el que se establecen las pautas de cesión de poderes y atribuciones: “Contamos con plenos poderes al menos hasta el próximo 30 de junio. Aquí no va a haber consejeros florero y todos van a tener responsabilidad. Ni nos motiva la vanidad ni lo económico –no van a cobrar por su gestión-. No vamos a vivir del Real Zaragoza. Estamos aquí por nuestro zaragocismo y con un objetivo básico: garantizar la supervivencia del club”.

Para ello pretende “profesionalizar el club, garantizar la transparencia, modernizar las estructuras, llevar un control estricto del gasto y cumplir a rajatabla el presupuesto”. También prometió un consejo asesor con ex presidentes, ex jugadores y personas relevantes de la vida social y cultural, así como un nuevo organigrama de gestión, con una comisión ejecutiva y técnica, y el objetivo de integrar al Real Zaragoza en la sociedad aragonesa, para lo que se potenciará la relación con las peñas, clubes, medios e instituciones.

Por último, prometió refuerzos y otra campaña de abonados para la segunda vuelta, con la intención de que La Romareda sea “una caldera”. Todo ello sin descartar una futura venta del club. En definitiva, un cambio que no puede ser considerado como la mejor noticia por la supervivencia de Agapito como propietario del club, pero una buena noticia al fin y al cabo. Hay que dejarles trabajar y desearles suerte porque la labor que tienen entre manos es bastante complicada. Al igual que la del nuevo entrenador.

Todo hacía indicar que Míchel iba a ser el octavo entrenador de la era Agapito. La negociación tuvo lugar en Madríd el viernes por la tarde, pero el técnico pidió garantías deportivas y fichajes como Colunga o Alexis, unas diferencias insalvables al día siguiente, por lo que de inmediato se activó la alternativa de Manolo Jiménez, preferida por los nuevos gestores a la opción de Milla. En el último día de 2011, sobre las ocho de la tarde y tras suspenderse la sesión de trabajo del domingo, el Real Zaragoza ya tenía nuevo entrenador.

He de reconocer que no era mi opción preferida. Creo que en el Sevilla no lo hizo bien, desconozco cómo le fue realmente en el AEK Atenas –ganó una Copa-, pero sí que me gustó mucho su presentación: “Estoy ilusionado porque es un nuevo reto, bonito e importante. Por historia, por ciudad y por afición, el Zaragoza no debe estar donde está. Los jugadores deben recuperar la autoestima. El Zaragoza no es el mejor equipo del mundo, pero tampoco es el peor de España”. Me gusta ese discurso, me gusta que venga con esa fuerza, ese convencimiento y esas ganas que ya no se le veían a Aguirre, me gusta que reclame claramente fichajes –“hay que reforzar la defensa, falta algo de creación y algún punta”- y me gusta que le pida el mismo grado de compromiso e ilusión a sus jugadores: “Cuento con todos los jugadores, estén sin ficha o sean del filial, pero les exijo el mismo trabajo que yo. Yo estoy aquí porque he querido y todos deben estar igual. Todos los jugadores son necesarios y deberán ganarse jugar cada día. Si uno no rinde, lo veré”. Después ya se verá si tiene la suerte necesaria y la capacidad para sacar esta situación adelante, pero lo primero de todo era que el que viniera tuviera las ideas claras para convencer a la plantilla de que sí que es posible. Manolo Jiménez, por ahora, las tiene y las grita a los cuatro vientos en los entrenamientos.

Y las tiene tan claras que ayer no dudó en señalar en Aragón Radio que Ponzio está con un pie fuera del Zaragoza: “Es más que probable que se vaya, no tiene la cabeza puesta para aportar el 120% que yo pido. No está por la labor. Físicamente está aquí, pero mentalmente he visto que no”. Y a pesar de que considero a Ponzio fundamental en este equipo, si realmente se quiere ir lo mejor es que se vaya. Le deseo toda la suerte del mundo en River porque considero que se ha dejado todo por el Real Zaragoza, pero al mismo tiempo creo que no ha sabido comportarse como capitán.

Está en todo su derecho de querer marcharse, más cuando se le debe dinero. Hasta ahí, correcto, pero esa entrevista que concedió en Argentina sobraba. Lo correcto hubiera sido venir aquí, negociar su salida en secreto y anunciarla en una rueda de prensa después de explicarle a sus compañeros sus razones. El brazalete no es únicamente algo que se luce en el brazo, es un símbolo: dar ejemplo dentro y fuera del campo, levantar los trofeos pero también dar la cara cuando las cosas están mal, animar a los compañeros, rebajar la euforia, aconsejar, hacer de puente entre la directiva y la plantilla, ser la prolongación del entrenador en el campo, alentar a los que no juegan, ‘agarrar del cuello’ a los listillos que sólo miran por su bien y no por el del equipo… ser, en definitiva, un ejemplo. Y Ponzio no lo ha sido porque con esa entrevista ha mandado el siguiente mensaje a sus compañeros y a la afición: “Esto se hunde, sálvese quien pueda”.

Estoy seguro de que ésa no era su intención y de que su marcha no se debe a que la situación le supere, ya que en más de una ocasión ha demostrado que a cojones es difícil ganarle, pero inconscientemente ése ha sido el mensaje, tal y como demuestran las preguntas que me ha hecho mucha gente desde entonces: “Si hasta nuestro capitán abandona el barco, ¿qué esperanza hay? ¿Qué pensarán sus compañeros? ¿Quién va a querer venir en enero con este panorama?”.

Y con todo este panorama más el nombramiento de Samuel Barraguer como nuevo director de Comunicación y Marketing hemos llegado a enero. El desfile de nombres por los diferentes medios de comunicación como futuros refuerzos del Real Zaragoza no se ha hecho esperar: Cala, Luna, Alexis, Colunga, Mosquera, Koke, Joel, Ernesto, Tello, Fran Mérida… Incluso he visto en Aragón Sport que Víctor Fernández podría ser el nuevo director deportivo. No sé que pasará al final, ni con unos ni con otros, pero esta vuelta de calcetín no ha hecho más que comenzar y los rumores van a ser continuos. Por ello, sólo les pido a los Reyes Magos que traigan acierto en todas las decisiones para que el Real Zaragoza empiece a construir el futuro que se merece, un futuro mucho más acorde con el pasado que con el presente. Un calcetín lleno de cordura y esperanza.

Radiografía de un paciente en estado crítico

La situación que atravesaba el Real Zaragoza a estas alturas de la temporada hace justo un año me obligó a abandonar de la noche a la mañana este blog. Fue una especie de mecanismo de autodefensa en el que el aislarme del fútbol en mis días libres me ayudaba a sobrellevar el drama. Ahora me pasa todo lo contrario y he decidido rescatarlo. Mi silencio me impide desahogarme y lo paso peor. Es curioso que la misma situación conlleve comportamientos distintos. Quizás sea porque tenga la ingenua idea de que con un cambio de mis hábitos puedo poner mi granito de arena y ayudar a mi equipo de toda la vida. Y es que yo seré zaragocista hasta la muerte, pero el problema radica en que no está tan claro quién morirá antes.

Así describió Deia el partido del Zaragoza en San Mamés, un reflejo de cómo nos ve en estos momentos el fútbol español: “El cadavérico Zaragoza, un conjunto devastado, un zombie, una calamidad de punta a punta, un libreto sin intención de discutir nada que oliera a fútbol. La muchachada de Bielsa sobresalía varios cuerpos sobre el Zaragoza, que no emitía señales de vida, postrado como estaba en las catacumbas, sin más horizonte que el de sostenerse en la cueva”.

Razón no les falta. Lo que hace unos años me hubiera indignado hasta la saciedad (yo tengo todo el derecho del mundo a criticar a mi equipo pero que los de fuera ni se lo planteen), ahora lo asumo porque es la realidad pura y dura. Siempre me sentiré orgulloso de ser zaragocista y de su historia, que nadie dude de ello, pero es imposible no sentir vergüenza jornada tras jornada porque este equipo no deja de ser una caricatura de lo que éramos, tanto en lo futbolístico como en lo institucional.

El Real Zaragoza es un enfermo en estado crítico que ha dejado de luchar por su vida de forma inconsciente. Ya no se trata de falta de calidad o de tener una de las peores plantillas de la historia del club, sino de que no hay nada a lo que agarrarse. Uno ve al resto de equipos, como por ejemplo el Racing, y se da cuenta de que son muy malos pero no se dan por vencidos. Aunque sea durante cinco minutos, agobian al rival y llegan al área contraria. El Zaragoza no lo hace ni jugando con uno más.

Roberto insta a sus compañeros a que se pongan los vídeos de los partidos contra el Espanyol, el Villarreal o la Real Sociedad para que se den cuenta de que son capaces de ganar partidos y no ser meros zombies que deambulan por el campo. El típico si antes éramos capaces, ¿por qué ahora no? La respuesta la lleva consigo la complejidad del fútbol, que posee leyes que escapan a la ciencia y gracias a las cuales es el deporte más apasionante del planeta. No siempre gana el mejor y a partir de ahí todo es posible, como que el mismo equipo con los mismos jugadores pase de estar tranquilo en la zona media de la tabla a completar la peor racha de la historia del club: un punto de 27 posibles, cinco derrotas consecutivas, colista a cinco puntos de la permanencia y el más goleado. Y lo peor de todo, sin señales de vida.

Una espiral que arrasa con todo y que lleva a los jugadores a no confiar en nada. Estoy convencido de que la mayoría de ellos desean salir cuanto antes de esta situación, pero no pueden. Incluso he visto a algún jugador derramar alguna que otra lágrima sumido en la impotencia. Es una cuestión mental, un querer y no poder, y por ese mismo motivo hay que cambiar algo y ese algo apunta al entrenador.

Los cambios de técnico nunca pueden ser la consecuencia directa de una mala racha de resultados, deben producirse porque su mensaje ya no cala en el vestuario, porque sus futbolistas han perdido la confianza en su persona y porque la situación le ha superado. Tienen que darse cuando ya no se tiene nada que perder, cuando ese cambio no garantiza el éxito pero el no hacerlo supone una muerte segura.

Y eso mismo sucede con Aguirre. Está claro que no es ni el único ni el máximo culpable, pero que a nadie se le escape su dosis de responsabilidad. Nunca se puede señalar públicamente a uno de tus jugadores, mucho menos a los más débiles y muchísimo menos para defender a tus protegidos, Juárez y Barrera, que lejos de darte la razón, no hacen más que ponerte en evidencia partido tras partido. Fue él quien los trajo, ocupó las dos plazas de extra comunitarios que quedaban por cubrir y los sigue poniendo en el once a pesar de que hasta el más ciego del lugar se ha dado cuenta de que no tienen nivel para jugar en Primera. Su fe ciega en sus compatriotas le ha cegado completamente. Ha pedido el control y lo mejor que podría hacer es dimitir.

Por supuesto que Aguirre está en todo su derecho de quedarse y seguir con el famoso discurso que se da en estos casos: “Me siento con fuerzas, me siento capaz y creo firmemente en cambiar esta situación. No soy un cobarde y no voy a abandonar el barco”. Pero a veces el cobarde es el que no quiere asumir su responsabilidad, por lo que si se queda, lo único que le pido es que al menos no se esconda detrás de una falsa valentía y de un sentimiento zaragocista que no es tal.

Y llegado a este punto, como me da la impresión de que Aguirre no seguirá el mismo camino que Laudrup y Cúper, uno ya no sabe que prefiere, si quedar eliminados de la Copa o continuar en nuestra competición favorita. Por un lado, ser zaragocista y renunciar al torneo que más gloria nos ha dado es como ser cura y renunciar a la Iglesia, pero por otro, si pasamos de ronda, ¿alguien cree que este equipo es capaz de imitar las hazañas de sus predecesores? ¿Acaso alguien confía siquiera en que podamos eliminar a un equipo de Primera? ¿No sería mejor centrarnos en la Liga? ¿No sería mejor caer para que si se va a destituir al entrenador se haga justo ahora que hay un parón y más tiempo para trabajar?

Un dilema que no es nada si lo comparamos con el problema que tenemos al frente del club, un cáncer llamado Agapito Iglesias que ahora dice no ir a los partidos por el bien del equipo. La última getada de un individuo que con sus locuras y cambios de padecer es la verdadera enfermedad del Real Zaragoza, que se extiende sin remedio provocando el fallo múltiple de todos nuestros órganos. Nuestro prestigio institucional y deportivo están a punto de colapsarse y la economía ha necesitado una cirugía a vida o muerte en forma de Ley Concursal. Seguimos vivos, pero continuamos en la UCI, con respiración asistida y los médicos sólo tienen malas noticias: el tumor sigue creciendo y por ahora no hay nada que se pueda hacer para extirparlo.

Sólo queda refugiarse en la familia zaragocista, pero la desidia y la impotencia se han instalado en la afición. Casi todas las semanas pasa algo y ya nada nos sorprende. La gente se queja y suplica de forma individual, en los bares o en sus casas, pero llega la hora de la verdad en La Romareda y ese sentimiento de disconformidad no se expresa lo suficientemente alto. Todos nosotros debemos darnos cuenta de que ha llegado el momento de dejar de rezar como si de un velatorio se tratara y actuar porque mientras haya vida, hay esperanza.

Zapater dijo que el Real Zaragoza sería lo que quisiera su afición. Grabemos a fuego esa frase en nuestra memoria y unámonos a esas personas que ya alzan su voz en cada partido y esperan a la salida de palco de forma pacífica para manifestar su malestar al soriano aun a sabiendas de que éste saldrá por la puerta de atrás. Y al mismo tiempo, con nuestro aliento, hacerles ver a nuestros jugadores que seguimos vivos, que hay que luchar, que tienen nuestro apoyo y que todos juntos podemos. Pero hay que hacerlo ya. Que nadie espere al séptimo de caballería porque no existe. La salvación del club únicamente depende de nosotros, de la afición, de los que siempre llevaremos al Zaragoza en nuestro corazón estemos donde estemos. No nos rindamos. Todos a una. Es cuestión de fe. El paciente está en estado crítico y agoniza, pero la esperanza en lo último que se pierde. Y Zaragoza nunca se rinde.

Fútbol es fútbol (VII): los futbolistas

Los futbolistas son los principales protagonistas dentro del terreno de juego. Los hay de todo tipo: guardametas, defensas, centrocampistas o delanteros; altos o bajos; de toque o de destrucción; goleadores o pasadores; rápidos o técnicos; con un gran toque de balón o que van bien por alto; con visión de juego o con desborde; especialistas a balón parado o grandes directores del juego. Cada uno tiene sus funciones, sus virtudes y sus defectos, por lo que la mejor división la hizo Santiago Bernabéu: “No hay jugadores jóvenes o viejos; los hay buenos y los hay malos”.

Di Stéfano, Pelé, Cruyff, Maradona, Zidane y muchos otros han sido tan buenos que eran capaces de ganar ellos solos un partido, pero como dijo el primero de ellos, “ningún jugador es tan bueno como todos juntos”. Lo que está claro es que la mediatización del fútbol ha llevado a muchos futbolistas a convertirse en ídolos, auténticos privilegiados con mucho dinero y fama muy alejados de las preocupaciones y la forma de vida de la mayor parte de los mortales: “La pretemporada está siendo muy dura, nos levantamos a las nueve de la mañana”, señaló totalmente ofuscado Davor Suker.

Frases como ésta crean la idea de que muchos futbolistas son analfabetos sin estudios y sin luces, aunque la realidad es que en la actualidad muchos de ellos compaginan sus estudios universitarios con su carrera profesional. Un gran defensor del intelecto de los futbolistas es Johan Cruyff: “El problema para entender las enormes tensiones mentales de los futbolistas nace de la extendida creencia de que todos son idiotas”.

Precisamente, entre el holandés y Frank Beckenbauer surgió una gran rivalidad en los años setenta. Los aficionados discutían sobre quién de los dos era el mejor jugador del mundo. El alemán tenía la respuesta: “Cruyff era mejor jugador, pero yo fui campeón del mundo”. Todas estas discusiones no entienden de épocas y por ello se comparó en su día a Ronaldinho con Pelé: “Ronaldinho es más grande que yo. Exactamente cuatro centímetros”.

Algo de razón tendría cuando Tarcisio Burgnich, tras perder con Italia la final en México’70, realizó las siguientes declaraciones: “Creía que Pelé era de carne y hueso como yo. Estaba equivocado”. Mientras que Del Nido, en la época más gloriosa del Sevilla, se dejó llevar por la euforia: “Si ahora mismo me ofreciera el Barcelona a Ronaldinho, le diría que, para ser suplente, mejor no viniera”.

El fútbol está en boca de todos, por lo que las opiniones sobre los jugadores se multiplican. Algunos reciben buenas críticas, como Ibrahimovic: “Es capaza de hacerle el boca a boca a una jugada. Vuelve a hacer respirar a jugadas muertas”, apuntó Juanma Lilló. A otros, en cambio, se les destaca por otros aspectos del juego: “Roberto Moreno jugaba tan duro que te pasaba la pelota con contrario y todo”, aseguró Perfecto Ruiz, entrenador del Chacarita en los años sesenta.

Suecia y Dinamarca: I'm Lovin' It

Lunes 15 de noviembre de 2010. Alberto, Edu, Fer y un servidor nos encontramos en la Intermodal de Zaragoza para coger un AVE hasta Madrid. Una vez allí no tenemos mucho tiempo para llegar a Barajas, facturar y embarcar en un avión con destino a Copenhague. A esta ciudad le seguirán Malmö, Jönköping y Estocolmo. Ocho días de viaje y de un montón de anécdotas.

La primera no se hizo esperar. El viaje en AVE no tuvo nada de especial, salvo aquella tos permanente de la pasajera que teníamos enfrente. Todo cambió al llegar a Atocha. Teníamos como mucho una hora para llegar al aeropuerto, así que enseguida nos dirigimos a la zona de los taxis. Tras ver la fila que había en la parada de la estación, decidimos buscarnos la vida por las calles de Madrid, con la suerte de encontrar uno libre y con el maletero grande a la vuelta de la esquina.

Todo indicaba que teníamos la suerte de cara, que íbamos a llegar sobrados de tiempo, hasta que de repente nos encontramos en mitad de un atasco que parecía no tener fin. Los minutos pasaban y los nervios hacían su primera aparición, pero aún así, llegamos dentro del tiempo estipulado y facturamos el equipaje sin problemas.

Fue entonces cuando nos surgió un enorme dilema. Estaba claro que teníamos que comer algo, pero dónde: ¿Antes de pasar el control de embarque o después? Yo intenté aportar mi granito de arena: “Dentro suele ser más caro”. Dicha esta frase se acabó el dilema y nos dirigimos felices al McDonald’s. Sí, lo habéis leído bien: al McDonald’s. Y no importó que fueran las 10:30 horas, ni que en los siguientes días fuéramos a comer una y otra vez hamburguesas, ni que sólo quedara una hora para nuestro vuelo.

Un cuarto de hora después y con el estómago lleno ya estábamos listos para pasar el detector de metales, lo malo fue que mucha más gente también se sintió preparada para ello. Ni en Port Aventura había visto una fila semejante. Durante la primera media hora de espera, nuestra mayor preocupación fue que no íbamos a poder ir al Duty Free. En la siguiente media hora ya nos preguntábamos si llegaríamos a coger el vuelo.

Nuestro avión salía a las 11:45 horas y no miento cuando digo que Fer y yo pasamos el detector de metales a las 11:44. Y digo Fer y yo porque Alberto y Edu, siguiendo el instinto del primero, se pusieron detrás de una señora que llevaba más cosas en su bolso que Mary Poppins, por lo que estuvo unos cuantos minutos tratando de pasar el control.

Viendo el panorama, Fer y un servidor salimos disparados hacia nuestra puerta de embarque, la J44. Derecha, escaleras abajo, izquierda, de nuevo izquierda y ahí debía estar. Yo, con las prisas, ni me fijé y seguí corriendo, hasta que me di cuenta que tras la J33 se encontraba la J32. Media vuelta y a seguir corriendo.

No es una excusa, pero yo buscaba una puerta en la que la gente estuviera embarcando. Lógicamente, cuando llegué a la J44 no había ni rastro de ningún pasajero, ya que todos se encontraban en el interior del avión a la espera de que llegaran de una vez los cuatro tardones de turno. Nada más llegar, Fer y yo nos encontramos con dos azafatas con cara de mala leche y mirando continuamente el reloj:

-¿Van a Copenhague?
-Sí.
-¿Pero no eran cuatro?
-Sí, pero los otros dos están pasando… eso… lo de los metales.
-¿Van a embarcar o no?
-Sí, pero les esperamos.
-Lleguen o no lleguen, ¿van a embarcar?
-Sí, sí, pero vamos a esperarles que están a punto de llegar.
-Si embarcan tienen que hacerlo ya, si no hay que llamar a que retiren sus maletas.
-Vale, ya embarcamos.

Llegamos al avión y yo sigo insistiéndole a la azafata jefe, incluso diciéndole que si es preciso me meto a la cabina del avión para convencer al piloto. La táctica de ser pesado dio sus frutos y me dijo que esperarían con la condición de que me sentara ya en mi asiento. Aún así, llamé a Alberto para meterles prisa:

-¿Dónde estáis?
-En el control de pasajeros.
-¿Aún estáis ahí? Daros prisa, que de momento he conseguido que os esperen, pero si tardáis mucho no sé si os dejarán embarcar. Es la puerta J44, saliendo del control a la derecha, bajáis las escaleras y ahí seguís los carteles. ¿Pero por qué estáis aún ahí?
-Teníamos una señora delante que ha tardado mil años en pasar y justo ahora le han pitado las zapatillas a Edu.
-Vale, pero daros prisa.

Pasan los minutos, no sé si muy despacio o muy deprisa. Son ya las 11:57 horas y yo veo el odio en los ojos de la tripulación. Llamo a mi madre para decirle que estamos en el avión, aunque no todos, y tras colgar, mi móvil no reacciona. Quiero volver a llamar a Alberto y Edu, pero es imposible. Entonces le digo a Fer: “Dales un toque a estos”. Y él, totalmente despreocupado y como si la cosa no fuera con él, me dice: “Imposible, ya he apagado el teléfono”. El clásico ‘no mires atrás, ya han muerto’.

Las 11:59 horas y justo en esos momentos parece que hay movimiento entre la tripulación. Edu y Alberto ya habían llegado a la puerta de embarque. Me imagino la cara de asombro de la azafata cuando los vio llegar: los dos sudados y Edu con las zapatillas en la mano. Y es que hubiera pagado todo el oro del mundo por verle bajar las escaleras mecánicas a todo correr y descalzo. He aquí la última conversación de la historia:

-¿Es el vuelo a Copenhague?
-Sí, pero no sé si les van a dejar pasar. Voy a llamar… Gordi, aquí hay dos pasajeros más… Sí, son ellos… Podéis pasar.

Cuando los dos entraron en el avión no hubo ni aplausos ni malas caras. Puede que fuera por la cultura escandinava predominante entre los pasajeros o puede que fuera por la pena que daba Edu, totalmente asfixiado por el esfuerzo y con las zapatillas y el cinturón en las manos. Ya sólo quedaba sentarnos, abrocharnos los cinturones, apagar nuestros móviles y jugar al tute. En mi caso, perder al tute.